Expert Analysis
# Dos titanes, dos mundos: Catalina la Grande y Mao Zedong
En 1762, una princesa alemana de treinta y tres años se sentó en el trono de Rusia tras un golpe de Estado que derrocó a su propio marido. Dos siglos después, en 1949, un campesino intelectual de Hunan proclamó desde la Puerta de Tiananmen el nacimiento de la República Popular China. Entre ellos, un abismo de tiempo, cultura y circunstancias. Sin embargo, sus vidas revelan un mismo patrón: el poder absoluto como herramienta de transformación, y la soledad como precio inevitable.
El peso de los orígenes
Catalina nació como Sofía de Anhalt-Zerbst, una princesa menor de un minúsculo principado alemán. Su infancia fue fría, no solo por el clima, sino por la indiferencia de una madre que la consideraba un peón en el tablero matrimonial europeo. A los quince años, fue enviada a Rusia para casarse con el heredero al trono, el futuro Pedro III. Llegó sin saber ruso, pero con una inteligencia afilada y una voluntad de hierro. Aprendió el idioma, se convirtió a la ortodoxia y estudió a los filósofos de la Ilustración —Voltaire, Diderot, Montesquieu— como si su vida dependiera de ello. Y así era.
Mao nació en 1893 en Shaoshan, una aldea de Hunan, hijo de un campesino acomodado que lo golpeaba con regularidad. Su padre quería que trabajara la tierra; Mao quería leer. Huyó de casa, se educó en escuelas modernas y descubrió las ideas revolucionarias que sacudían a China: el nacionalismo, el marxismo, la rebelión contra un imperio decadente. Mientras Catalina aprendía a ser rusa, Mao aprendía a odiar la vieja China.
El arte de llegar al poder
Catalina no heredó el trono: lo tomó. Su marido, Pedro III, era impopular, errático y abiertamente pro-prusiano. Catalina, en cambio, cultivó alianzas con la guardia imperial, con los nobles descontentos, con la Iglesia. En junio de 1762, mientras Pedro estaba ausente, los regimientos la proclamaron emperatriz. Él fue arrestado y murió días después, oficialmente de un cólico hemorroidal. Nadie lo creyó. Catalina había aprendido la lección fundamental del poder: la legitimidad es un lujo; la fuerza, una necesidad.
Mao llegó al poder tras tres décadas de guerra, exilio y lucha interna. No fue un golpe palaciego, sino una epopeya de millones de kilómetros: la Larga Marcha (1934-1935), donde sobrevivió a emboscadas, hambre y traiciones. Mientras Catalina seducía a la guardia imperial, Mao seducía a los campesinos. Su estrategia era lenta, paciente, brutal. En 1949, cuando entró en Pekín, no había duda de que China era suya. Pero el precio había sido colosal: decenas de millones de muertos en la guerra civil.
Gobernar: entre la razón y la revolución
Catalina gobernó durante treinta y cuatro años. Se autodenominó "déspota ilustrada": quería reformar Rusia, pero sin tocar los cimientos del absolutismo. Fundó el Hermitage, que hoy es uno de los museos más grandes del mundo; creó escuelas para niñas; intentó codificar las leyes inspirada en Montesquieu. Pero también aplastó la rebelión de Pugachov (1773-1775) con una ferocidad que asombró a Europa, y extendió la servidumbre a Ucrania. Su Ilustración tenía límites: el poder no se negocia.
Mao gobernó durante veintisiete años. Su proyecto era más radical: destruir la vieja China para construir una nueva. Lanzó el Gran Salto Adelante (1958-1961), un intento de industrialización forzada que terminó en una hambruna que mató a decenas de millones. Luego vino la Revolución Cultural (1966-1976), un terremoto social que destruyó templos, libros y vidas, pero que también quebró para siempre el poder de la burocracia tradicional. Mao no quería reformar: quería reinventar.
El carácter como destino
Catalina era pragmática, fría, calculadora. Tuvo amantes —Potemkin, Orlov, Zúbov— pero nunca permitió que el amor nublara su juicio. Escribía cartas a Voltaire mientras ordenaba ejecuciones. Leía a Diderot mientras expandía el imperio hacia el mar Negro. Su grandeza fue también su limitación: nunca entendió que la libertad no se otorga, se conquista.
Mao era visionario, impaciente, mesiánico. Creía que la voluntad humana podía vencer cualquier obstáculo, incluso la naturaleza. En sus últimos años, se volvió paranoico, aislado, rodeado de aduladores. Su legado es contradictorio: unificó China, la liberó del dominio extranjero, pero también la sumergió en el caos. Su grandeza fue su tragedia: quería crear un hombre nuevo, pero el hombre nuevo no llegó.
El eco en la historia
Hoy, Catalina es recordada como la gran modernizadora de Rusia, pero también como una autócrata que no dudó en usar la violencia. Mao es venerado como el padre de la China moderna, pero también cuestionado por el costo humano de sus experimentos. Ambos gobernaron con mano de hierro, ambos dejaron un país más fuerte y más grande, ambos murieron solos, rodeados de poder y de silencio.
Quizás la diferencia fundamental es esta: Catalina intentó hacer de Rusia una Europa; Mao intentó hacer de China una utopía. Uno miró hacia el pasado ilustrado; el otro, hacia un futuro que nunca llegó. Ambos fracasaron en sus sueños más ambiciosos. Pero sus imperios —el ruso y el chino— siguen en pie, cargando con las huellas de sus manos.